Garoz Taxidermia, S.L.

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A un pueblo y a unos montes, donde nacimos, donde vivimos, donde encontramos amor, trabajo y esperanza.

Los Yébenes, posee un término de 67752 Ha., casi en su totalidad dedicadas a caza mayor, 6130 habitantes, 2.172 armas de fuego, 385 licencias de caza, 7 furtivos de reconocida sospecha y ausencia, hasta hoy, de importantes incendios.

Hace sesenta años nació en este pueblo un nuevo oficio artesanal que se vino a sumar a los ya existentes de guarnicionería, curtidos y esparto. Se trataba de naturalizar los animales cuando éstos morían: La Taxidermia. Vino de la mano de un buen herrero y su primera pieza disecada fue una paloma blanca y ofrecida a la Virgen en cumplimiento de una promesa. Aquellas gentes se sentían en paz con aquellas cosas. Hoy las palomas blancas se lanzan al cielo como símbolo de paz.

Por aquel tiempo a este hombre le nació un hijo varón y le bautizó con su mismo nombre. Quiso también que tuviese su mismo oficio y desde niño le fue familiarizando con el entorno de la naturalización de animales.

Padre e hijo comenzaron la andadura de aquel oficio, siendo su primer taller un establo abandonado. Las gentes acudían a ver disecar los animales y algunas consideraron el oficio como “bonito pero un poco sucio”. Cuando empezó a ser negocio, el taller de disecación se fue transformando en un estudio de taxidermia y del mandil pardo se pasó a la bata blanca. A los dieciocho años el hijo se hizo cargo del taller y el padre se sintió orgulloso de la profesión que, como única herencia, había dejado a su sucesor.
Comenzó una nueva etapa, en la que el inquieto hijo, convencido de que su profesión podía equipararse a una carrera universitaria, hizo de la publicidad su mejor arma para la captación de nuevos clientes, la palabra TAXIDERMIA CONVERTIDA EN LLAMATIVO LUMINOSO, SIRVIÓ DE FARO A LOS NUMEROSOS CAZADORES QUE ACUDÍAN A SU PUEBLO, CUYO SLOGAN “paraíso del cazador” había hecho famoso.

Aquel pueblo fue uno de los muchos de España que vivió la época más gloriosa de la caza y, sobre todo, de la Montería.

Ser cazador en aquellos tiempos era sinónimo de haber alcanzado un estatus de triunfo en lo laboral y en lo social.

Nadie ocultaba su afición porque nadie se la reprochaba. Exhibir los trofeos en las bacas de los coches de regreso de la montería en dirección a la capital era motivo de admiración ajena, máxime si los trofeos eran homologables.

Tampoco ocultaba su afición quien por entonces dirigía los designios de la nación. Su asistencia a monterías en Sierra Morena, sus recechos en Gredos y Cazorla, sus ojeos de perdices en Mudela y sus jornadas de pesca en Asturias eran recogidas como noticias no sólo en la prensa nacional sino también en el NODO y, últimamente, en televisión. La imagen de los números de la Guardia Civil en la carretera desde El Pardo hasta la finca a montear era habitual los domingos.

Ello hacía que ir a recoger trofeos al aeropuerto de Barajas, exponerlos en los escaparates de la ciudad, transportar públicamente enormes colmillos de elefante por la Plaza de España de la capital en dirección a la tienda del aparcamiento, no fuesen motivos de duras críticas. Tampoco comentarios desagradables a la hora de ir a una determinada oficina a homologar trofeos.

Con la conciencia tranquila, orgulloso de ser taxidermista, con fe en el futuro, fue haciendo de aquella profesión parte de su vida, aprendiendo de los maestros jubilados y transmitiendo por medio de la enseñanza sus conocimientos de taxidermia a futuros capataces forestales.

Aquel cazador que poseía el Récord de Ciervo de España murió y, para el mundo de la caza y de la taxidermia, algo empezó a cambiar.

Comenzó una campaña anticaza, que no se hizo contra las leyes que la autorizaban, sino que se basaba en ir extendiendo la idea de que los cazadores eran los responsables de la desaparición de algunas especies y en infundir en la sociedad, sobre todo en la infantil, la imagen del cazador como un hombre malo, capaz de divertirse cuando mata. Como si de piezas de caza se tratase, los cazadores fueron acosados y a veces utilizados como banderines políticos o económicos.

Se hizo ver que la caza no era un deporte y que estaba vinculada al poder económico. Que alrededor de ella sólo había miseria y que por su culpa se estaban provocando daños a la Naturaleza.

Se les llegó a tachar de criminales por grupos que, paradójicamente, al mismo tiempo promovían leyes a favor del aborto. El cine y la televisión fueron los mejores medios utilizados para devaluar la imagen del cazador.

Películas como “Bambi” o “Los Santos Inocentes” y reportajes como los de Félix Rodríguez de la Fuente, resultaron ser magníficos negocios, haciendo que productores como Walt Disney no dudaran en tergiversar la realidad llevándonos a creer que el Rey León era vegetariano; y de la imagen admirada del cazador de leones en las películas de safaris pasamos a otras en las que se presentaba al cazador como alguien violento y malvado, quien ante este cambio de opinión se sintió perseguido y buscó en el anonimato su madriguera.

La taxidermia comenzó a correr la misma suerte. Su exposición pública empezó a ser cuestionada y hasta el Museo Nacional, lejos de enriquecerse con nuevos trabajos, mantuvo los ya existentes con poco acierto en su instalación.

La duda sobre si su oficio era o no responsable de la muerte innecesaria de animales hizo que aquel taxidermista sintiera desasosiego de poder estar equivocado. Como si de mala semilla se tratase, las enseñanzas de Taxidermia a los futuros guardianes de la naturaleza fueron por algunos alumnos rechazadas por no deseadas. La Guardia Civil, que en tiempos del abuelo acudía al taller como amiga, a “echar un cigarro” y a participar en tertulias de caza alrededor de la estufa, alimentada por palos de encina sabiamente podados, ahora, en tiempos del padre, acude también amiga, pero un poco desconfiada, produciendo en el nieto mayor, como responsable de la admisión de trofeos, temor a la ilegalidad y la triste incomodidad de sentirse vigilado como si de un vulgar delincuente se tratase.

También el hecho de que importantísimos personajes públicos fueran cazadores y muy pocas gentes tuviesen conocimiento de ellos fue justificado por producirse bajo un Gobierno de teorías progresistas. Con el tiempo se produce un cambio a un Gobierno conservador, que por tradición se le supone a favor de la caza, y a pesar de que varios primeros dirigentes asisten a selectas monterías, también el silencio en la prensa de difusión nacional y en programas como “Jara y Sedal” de TVE, hacen que una vez más el taxidermista se pregunte: si la caza la ocultan, ¿es que cazar es cosa de mala gente?

Él quiere ser buena gente y sobre todo quiere que lo sean sus dos hijos, que con 32 y 28 años, trabajan a su lado, orgullosos también del oficio del abuelo.

Pero dos son sus responsabilidades que le provocan gran inquietud. Una, la de padre que busca en la Taxidermia el futuro laboral de sus hijos. La otra, si con su trabajo provoca daños a la naturaleza o enfadan a Dios.

Desconcertado, espera que el milagro de la verdad se produzca para que su conciencia se quede tranquila. Sueña que podamos todos los cazadores sentirnos orgullosos del hombre más querido y respetado de España, el que hoy tiene cazado el venado más grande, y podamos imitarlo. Sueña con saber que lo que hacemos está bien.

Que podamos cambiar el SILENCIO por la LIBERTAD.
Los taxidermistas también.
¡Sobre todo él!
…. porque crecemos en la vida

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