Una tradición que comienza en 1942 en el seno de una familia de Los Yébenes (Toledo). Tres generaciones que convirtieron su profesión en un apasionante trabajo artístico dentro del mundo cinegético.

Juan Garoz Pedraza
foto_juan_garoz_pedrazaNació en Los Yébenes el día 20 de Noviembre de 1912 y falleció el 10 de enero de 1996.
Sin apenas estudios y a consecuencia de la prematura muerte de su padre, desde muy joven comenzó a trabajar como oficial con su hermano Félix en la herrería, único negocio familiar, y de la que un tiempo después, tras la retirada de mi tío, se haría cargo hasta su cierre en 1965.
Esto se produce cuando él, una vez terminados sus estudios de Bachiller, decide quedarse a su lado para desarrollar el trabajo de taxidermia que él aprendió por correspondencia y, que robando horas al sueño y al descanso, realizaba en un abandonado establo adaptado como improvisado taller.

Comenzó entonces una etapa llena de ilusiones y de claros horizontes en la que la tenacidad en el aprendizaje estuvo por encima de cualquier tentación económica, dando como resultado un afianzamiento laboral al convertir, paso a paso, un oficio poco considerado y de dudoso porvenir en un trabajo digno y, hasta la fecha, estable.

De sus muchas cualidades destacan dos. Una laboral y otra humana. La primera, su paciencia. Era meticuloso en el trabajo. Volvía a repetir la obra defectuosa con el mismo interés que la comenzaba. Disfrutaba venciendo la dificultad y si alguna vez perdía, era la resignación su respuesta. Hizo del minuto de trabajo una hora de fiesta y ocio.

La humildad ha sido, al menos para él, lo que más ha admirado de su padre. De ideas políticas conservadores, se enorgullece de haber sido hijo de un hombre bueno, como el que más, que nació pobre, vivió pobre y que murió pobre, aunque eso sí, riquísimo en amigos, compañía y respeto.

Con él fue niño y jugó. De su mano aprendía a cazar. Bajo su tutela se enamoró y con su ayuda se casó. A su lado se criaron los nietos continuadores de su taller, sintió el vacío de su ausencia y miró hacia atrás en busca de la esperanza. En busca de sus hijos.

Juan Garoz Sevilla
foto_juan_garoz_sevillaNació en Los Yébenes el 30 de Septiembre de 1947, en el seno de una familia humilde cuyo cabeza, su padre, se dedicaba con gran acierto al noble oficio de herrero, y a ratos perdidos, casi siempre por las noches o en días festivos, a realizar pequeños trabajos de taxidermia, aprendidos por correspondencia.

Finalizados sus estudios de bachiller, rehusó trabajar en el Banco Español de Crédito y optó por seguir al lado de su padre, comenzando su andadura por esta apasionante profesión que tantos momentos de desazón –unos- y de alegría –otros- produce.

Comenzó en España, superada la posguerra, un resurgimiento económico que inmediatamente se reflejó en el mundo de la caza, e hizo que ésta se convirtiera en deporte de moda.

El apoyo que la Administración ofrecía a la caza hacía que los trabajos de taxidermia estuvieran bien vistos por las gentes y que poseer cualquier trofeo naturalizado fuera motivo de buen gusto. Al contrario de hoy, que la presión ecologista quiere hacer ver la taxidermia como responsable de la escasez de determinadas especies.

Las exposiciones de caza, por tanto, tenían gran difusión y cobertura informativa, todo lo contrario que las actuales, que dan la sensación de clandestinidad.

A los dieciocho años, en el Concurso de Carrozas de la Fiesta del Olivo, en Mora de Toledo, presentó un “Agarre de jabalí”, consiguiendo el Primer Premio, siendo instalado posteriormente en el Museo de la Caza en el Palacio de Riofrío de Segovia, después de haber sido expuesto en la Feria del Campo de Madrid gracias al apoyo de D. José Lara Alem, por entonces Ingeniero – Jefe del Patrimonio Forestal del Estado en Toledo.

A consecuencia de ello, conoció a dos personas vinculadas con el Laboratorio de Taxidermia del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, que dejaron en él, huella de su sabiduría. Uno fue el inolvidable Manuel García LLorens, el otro fue Ángel Chaves, a quien consideraba alumno y amigo, pero la edad le hizo marchar al cielo hace unos años para mirar como continuaba mi trabajo desde allí.

A los 26 años marchó, en compañía de Juan Antonio Conde a Denver (EEUU), a visitar el estudio de taxidermia de Jonas BROS. A su regreso comenzó una etapa de modernización, introduciendo los montajes de fibra de vidrio, que al ser una novedad en España, originó un crecimiento que hizo que su taller se fuera consolidando poco a poco.

Dio principio a una etapa de trabajo en la que se vio desbordado y que, al carecer de preparación organizativa y de mano de obra especializada, originó problemas que con el tiempo se fueron superando.

Cuantas veces ha podido, ha naturalizado animales enteros y en grupo. Muestra de ellos fueron, en estrecha colaboración con Francisco MENA, los dioramas del Museo del Hosquillo en Cuenca.

Estuvo 19 años impartiendo clases de Taxidermia a los futuros Capataces Forestales que estudiaban en la Escuela de Caza de Toledo hasta que por unos motivos u otros tuvo que cerrar. Una labor ésta que lo complace por lo que significa de positivo en la preparación de los futuros guardianes de la Naturaleza.

La incorporación de sus hijos, especialmente Juan José, supuso para el taller un importantísimo beneficio, pues remplazó perfectamente a su desaparecido padre, y junto con su hermano, lo están modernizando, dotándolo de nuevas técnicas; y significa poder disponer de más tiempo que dedicar a trabajos de auténtica Taxidermia.

A la par de su afición por la taxidermia, la escultura (fundida en bronce) ha sido desde niño una meta a conseguir, a pesar de la falta de estudios preliminares, cuya carencia me ha hecho cometer errores y que, sin embargo, al descubrirlos ha supuesto en él –como autodidacta- avanzar en el conocimiento y la práctica del oficio y del arte.

Prueba de ello son las distintas esculturas de ciervo, reflejándose en cada una de ellas expresiones y texturas correspondientes a los diferentes criterios de ver el modelo, según la época o el tiempo en que se hicieron.

Se inclina más por la escultura (naturalmente animalista) de tamaño natural, a sabiendas de su dificultad, aunque reconoce de gran ayuda los conocimientos que aporta la Taxidermia.

Juanjo Garoz y J. Ramón Garoz

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Nacieron en 1978 y 1974 respectivamente en un linaje de artistas, donde se convierten, desde muy pequeñitos, en conocedores de la cultura escultórica gracias a su padre, Juan Garoz. Él, un escultor-taxidermista con una larga trayectoria, al cual le iniciaría también su padre. Desde jóvenes, la escultura ha estado es sus vida, conjuntamente trabajan unidos en un estudio de taxidermia y escultura en su pueblo natal, Los Yébenes.

Entre montañas se esconde su pueblo, donde buscan la inspiración igual que en las altas cumbres de todo el mundo, donde inician sus conocimientos escultóricos estudiando la morfología del animal con la ayuda de su padre. Gracias a su profesión, intentan buscar los misterios que esconden aquellos animales que plasman con el sentimiento de un verdadero cazador. Debido a sus ansias de aventura, intentan encontrar aquel gesto que caracterice todas sus obras, pretendiendo crear con una intensidad emocional un vínculo de unión entre el animal y el autor. Sus viajes por los cinco continentes, junto a sus amigos-cazadores, hace posible esta búsqueda de emociones que haga a los autores llenarse de valor para dar forma a ese ser, con la intención de dejarle forjado para la posteridad. Reconocen los autores que observan minuciosamente cada animal “in situ” buscando la futura imagen mental que en su estudio modelarán.
Su corta trayectoria artística, donde hoy tiene sus comienzos en obras animalistas de pequeño formato, no obstante, en un pasado no muy remoto, desde que eran retoños han estado bajo el aprendizaje que su padre y otros escultores, aparte de sus estudios de Bellas Artes, les han ilustrado sobre el arte de esculpir… No olvidar su labor de taxidermista, donde han cultivado un exhaustivo estudio anatómico de todos los animales del mundo.

Estos jóvenes autores, tienen un prometedor futuro tanto en el mundo de la caza como en el mundo del arte, donde dedican cada segundo de su vida en crear vida con un trozo de barro, con esa sensibilidad de un artista.